May
Day:
la poesía como consigna frente a la muerte
Los que estudian la literatura con criterios
puristas recomiendan no mezclar al autor con su obra. Pero voy a hacer exactamente
lo contrario: voy a hablar de May Day en
relación a Melvyn Aguilar. Es decir, voy a hablar de cómo se prolonga su mirada de creador a través de este libro de
poemas, recientemente publicado por Ediciones
Espiral.
En este poemario a Melvyn le urge contarnos
algo. De ahí su nombre, May Day, que
como nos lo recuerda Cristian Marcelo en el prólogo, es un código internacional para pedir auxilio en situaciones de emergencia que, repetido tres veces, es
signo de un peligro mayor. Veamos pues el contenido de este llamado urgente,
impostergable, hecho en clave de poesía.
Todo comienza con la visión de una niña, en el
viejo patio, que, entre un conejo muerto y una tortuga besa sus labios, los de
Melvyn-niño, y luego desaparece. Todo lo
que sigue en el libro está marcado por la constante ausencia/presencia de esta niña
mítica. De ahí que aparezca trasmutada de muchas maneras a lo largo del texto.
Al salir en pos de ella el poeta va descubriendo un mundo en constante
peligro de destrucción que está poblado de fieros animales, caracoles de
niebla, mirlos que han perdido su vuelo. En cierto momento, en algún parque,
donde hay un viejo “gastando horas” dice no entender a la niña que sueña. Pero
continúa, tenaz, su búsqueda, aún
cuando: “Hoy es invierno…llueve sobre el agua/ y la niña calla”.
Su travesía lo convierte en un observador agudo,
herido por lo que mira a través de su ventana: “muros, murallas, cordilleras se
derrumban” y por lo que ve dentro de sí: “Debo llorar este dolor/ para que el
odio/ no se convierta en tiranía…”.Es
una visión a veces apocalíptica, desmesurada siempre, de un universo interior que
solo puede salvarse en la búsqueda y hallazgo de la niña del comienzo.
En la tercera parte del libro, Caída libre, el poeta se detiene en la
contemplación extasiada de la niña mujer: “tiene maños/ pequeñas/ la palabra/
grande/ y un demonio/ en su lengua”. Se trata de la mujer-poesía, como figura
mítica, lo que busca? He aquí una clave que nos puede ayudar a contestar el
interrogante: “Es clara/ como una azucena”, dice…es como una brisa/ que
apacigua/ el viejo bosque/ que me aprisiona…”
Buscándola, hurgándola en sí mismo, Melvyn nos
muestra a través de la fantasía errante de su presencia, su mundo-bestiario.
Hay hormigas, lagartos, albatros, golondrinas, cangrejos, gatos, caracoles; la
pluma de un pájaro hace cimbrar la tierra. “Hay un volcán en mi cabeza, dice, “Waterloo
en mi cabeza, la dama de blanco en mi cabeza, rosas coloidales filtrándose en
mi océano gris, medusas…como auroras de vino”.
La
travesía lo lleva a dialogar con otras tradiciones de escritura y voces
definitivas. Vuelve a formas poéticas que recuerdan a Eunice Odio una y otra
vez. Dice saber algo de Leopoldo Panero,
para quien la poesía es de otro mundo como la locura. Hasta llegar a ese
“poema reticular”, hacia el final del libro, donde el poeta se reencuentra con
ella, la mujer del origen, la niña ya doncella, que teje una guirnalda en el
jardín y vuelve a nacer posando sus ojos en el universo. “Afianzó su cuerpo
recién salido de la humedad/ a las cosas cálidas del mundo/ y supo reconocerse
en ellas…”.
Aquí ella es el ánima, imagen arquetípica de lo
eterno femenino (para decirlo en lenguaje junguiano) que el poeta reconoce dentro de sí merced a su
trabajo con la palabra; ella es la poesía, perdida y hallada en su labor
incesante de creador.
Como el gnomo que cualquier mañana te abre su corazón de pájaro, su
mano prodigiosa de creador de mitos y mundos se ha reencontrado con la fuente
de su quehacer. Dándonos así una poesía donde algo grave ocurre siempre. Donde
destrucción y belleza amenazan por doquier. Poesía de Melvyn Aguilar, que naufraga en la flor de su memoria y grita
tres veces Mayday. Tres veces su
llamado en el caos oscilante del mundo, su mundo. Gritos alucinantes en el oficio
de tejer y destejer caos y esperanza. Con una mirada quefabula y confabula, que
duele, renace, duele, siempre dispuesto a que “si el río nos llama, iremos al
río”. Si la poesía nos llama desde adentro iremos a ella. Expresión acabada de
ello es este libro, tres veces herido y pronunciado, como una consigna
llameante que salva- nos salva- de la muerte, del olvido.
Edmundo Retana

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